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abr 2019

Perder el miedo

1 de Abril de 2019. Ester Calderon Gambin

Últimamente detecto a mi alrededor demasiados síntomas de nerviosismo, como si se hubiera instalado un nudo en el estómago social ante lo que intuimos -y tememos- que pueda pasar. Se acerca una cita que puede ser histórica si se asienta en el poder la reacción conservadora que se produce tras cada avance social. Y es que quien considera blindados sus privilegios se niega a ceder un ápice y busca las fórmulas de recomponerlos cuando se encuentran amenazados.


Las mujeres, como sujeto social, perdimos el miedo. Ya no estamos dispuestas a dejar que mercantilicen nuestros cuerpos, a que nos ignoren los libros de historia, a que nos obliguen a quedarnos en casa o a que nos impidan ser madres. Hemos contado públicamente que nos están violando, acosando en el trabajo, asesinando, generando una ola de sororidad que ha extendido el movimiento hasta convertirse en tsunami. Eso sí, cada vez más acompañadas de aquellos hombres que han perdido el miedo a ceder sus privilegios, bien porque se han visto forzados o bien porque han descubierto que así, decostruyéndose, son más felices.

Como pensionistas --presentes o en un futuro-- hemos perdido el miedo. Durante la crisis, las pensiones fueron el sustento de muchas familias y, cuando las recortaron, congelaron y pusieron en duda que el sistema fuese sostenible, llenamos las calles, una y otra vez, en una movilización constante que alcanzó cada rincón del país.

Como clase trabajadora vamos perdiendo el miedo a exigir un empleo decente, un salario más digno, la recuperación de nuestros derechos arrebatados. Y es que hay de reconocer que con la reforma laboral nos noquearon, después de haberse afanado en desprestigiar a los sindicatos como herramienta de lucha colectiva, claro está. Pero estamos poniendo todo nuestro empeño en colocar en el centro una agenda social que busca combatir la creciente desigualdad y precariedad laboral.

Como ciudadanía, consciente de lo que nos jugamos, hemos de perder el miedo a quienes nos parecen diferentes, a las personas migrantes, empobrecidas, con diversidad sexual. Enfrentarnos por las migajas hace que olvidemos quién se está comiendo realmente el chorizo. Así que ahí andamos, haciendo de los titulares, los problemas reales; de la anécdota, la tertulia de bar; de la salsa rosa, una preocupación social. Poca responsabilidad la de aquellos medios que alimentan a la bestia, con el fin de disparar audiencias que engrosen las carteras de quienes dirigen los grandes consejos de administración.

Perdamos el miedo. Todavía estamos a tiempo de pensar en colectivo, de no dejar a nadie atrás. Esa es la única forma que conozco para recuperar nuestra humanidad.

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