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abr 2020

28 de abril: ni heroínas ni héroes, sólo personas

28 de Abril de 2020. Daniel Patiño

El Día Internacional de la Salud y la Seguridad en el Trabajo es un momento perfecto para recordar a las mujeres y hombres que, desde la invasión del virus, han puesto su tiempo, sus expectativas, sus necesidades y desgraciadamente también sus vidas, al servicio de la sociedad. A esas personas que han antepuesto la salud ajena a la propia, en condiciones deplorables y altamente inseguras, posibilitando cubrir las necesidades colectivas básicas y esenciales, a pesar de lidiar con frivolidades y discursos deshumanizadores, con fines perversos e interesados. Es el momento de recordar a nuestra clase, la clase trabajadora.


Tendremos tiempo de digerir, reposar y establecer un mínimo relato socialmente aceptable que ponga a cada uno en su sitio. Es el momento de los nuestros, de recordar al conjunto de compañeras y compañeros que se nos han marchado y que no hemos podido velar como merecían, de dolernos por las familias y proyectos traumáticamente amputados. Tiempo de atender a las personas más vulnerables, a las más atacadas, con mayores determinantes sociales, las heridas de forma más profunda, y a las que más tiempo costará cicatrizar. El sentimiento de identidad colectiva es un paliativo capaz de aligerar el duelo, en esa solidaridad manifestada de diferentes formas (balcones incluidos), que han sacado lo mejor de cada una, en favor del colectivo.

Vendrá el tiempo de evaluar las decisiones de nuestros gobernantes, con mirada larga. Analizando las diferencias entre unas políticas austericidas de hace una década, que primaban la mercantilización de la salud y la individualidad; con unas políticas, errores y aciertos incluidos, basadas en la protección de las personas y del común. Llegará el tiempo de diferenciar las empresas que han antepuesto su capital humano priorizando la salud de las personas, de las que dedicaron sus esfuerzos a socializar responsabilidades en las medidas de protección a la salud y que tapan sus bajezas y miserias con un enorme ruido. La revisión de la responsabilidad social empresarial requiere de mayor compromiso y transparencia, de indicadores evaluables, participadas y comprensibles para el conjunto de las personas, no sólo de inversión en márquetin y lavados de imagen.

Será entonces el momento de concretar el proceso de mestizaje, entre las sutiles líneas que distinguen las fronteras del Derecho del Trabajo en relación con otros derechos sociales de ciudadanía como, en nuestro caso, el derecho a la salud pública. Para ello, se antoja indispensable el concurso proactivo de los agentes del mundo del trabajo en el fortalecimiento de las estructuras e instituciones con una perspectiva global, pegando un portazo a las ineficacias de atender derechos globales con visión nacional. Tiempo del liderazgo del sindicalismo internacionalista, de clase y confederado.

Pero ahora también es el momento de anticipar algunos discursos que pueden tejer las mejores mascarillas de protección, la lucha contra el miedo. La OIT proponía, previo a la pandemia, el lema: «Rompamos el silencio», con objeto de acabar con la violencia y acoso en el mundo del trabajo. Conviene recuperarlo para enfrentar las incertidumbres, que éstas no justifiquen salidas de esta crisis en las que se devalúe el factor trabajo, se coerzan derechos y libertades, se tienda hacia un control empresarial omnipresente y la ruptura por el desequilibrio en las relaciones laborales sea definitiva. No podemos permitírnoslo. Si la salida de esta penúltima crisis no prioriza a las personas y al medioambiente que habitamos, no la llamemos salida, sino desbandada.

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